El llegar aquí

El llegar aquí fue como perder el sentido de la vista o el oído, o como quedar parapléjico, una impotencia tal que en varias ocasiones quise tirarme desde el piso 18 del hotel… pero la ventana no abría lo suficiente por desgracia. Así que tuve que continuar, impotente, con las manos atadas a la espalda, moviendo las cosas con los dientes, impotente. Quería gritar, ojala fuese un sueño y con el grito despertar y levantarme a beber un vaso de agua, a lavar la cara y verme en el espejo, tranquilo, no pasó nada, sólo una pesadilla más.

Pero no conseguí despertar nunca, tuve que a-cos-tum-brar-me a esta discapacidad, a vivir sin aquella soltura que tenía antes, en el otro mundo, cuando corría y saltaba y mis dedos se movían ágiles haciendo cosas, miles de cosas por minuto… ahora está todo tan lejos que me resulta difícil creer que ese ser dinámico era yo, y no una película más de las que veo en Netflix durante la cena. 

Aun así, la muerte sólo llega una vez y mientras no encuentre la entrada a este mi universo, sigo avanzando, ciego y sordo y sin pies y sin manos, pero sigo porque hay otros mundos aunque estén en este, ¡qué puede importar la localización! El caso es que como un barco al que se le rompen las amarras y arrastrado por el viento y la corriente se interna mar adentro, así estoy yo singladura ciega en medio del inmenso océano, quién lo iba a decir, este niño campesino que trepaba a los árboles para esconder tesoros, se encuentra ahora a dos mil millas de tierra firme, aprendiendo la vida de los peces. Rodeado de agua y cielo. Descubriendo que la mente puede hacer un solo camino recto, vaivén descorazonado y seguro de la máquina automática eterna, tac-tac, tac-tac, esperando que llegue la muerte. Pero también es capaz de marchar campo a través, inventar nuevas rutas, locamente libre, llenando los pulmones del aire nuevo, con las piernas ensangrentadas por las zarzas; viento, luz, hojas de madroño, roca, hierba, tierra húmeda. 

Hace veinte años llegué a pensar que mi camino estaba pintado con líneas blancas, hasta más allá de donde alcanzaba la vista. Todo ha cambiado tanto en este tiempo que no reconozco al ser tan limitado que fui, siempre evitando el dolor, hundiendome bajo litros y más litros de alcohol para protegerse de la luz. Ahora vivo, y acepto que una parte de esta singladura pasa por el sufrimiento, y abro el pecho y digo sí, aquí estoy, no huyo más.

Y no saltaré por la ventana aunque pudiera abrirse completamente.

Éxito

Qué absurdo contrasentido, que todo lo deseado una vez que ya se ha logrado alcanzar se rodee de tanto dolor que no quede fuerza ni para celebrar la victoria.
Desealo y luchalo. Cuando por fin llegue, sabe que ha de ser en el medio de una tormenta de palos y patadas, que no tendrás ni la alegria de contarlo a traves de tus magulladuras. El éxito no es una estrella, ni un agujero negro tampoco. Una colisión eso si, de tu ser contra algo duro.

sobrevolando un mundo desaparecido

Aquí hay una carretera

y la única lengua que se escucha es la de los neumáticos contra el asfalto

hay que entrenar muchas horas para llegar a comprender algo de lo que dicen

yo estoy en ello, y aguzo el oído a cada coche que pasa, y reflexiono

e intento encontrar los patrones que siguen…

estoy en ello

Antes no era una carretera, lo sé porque yo nací por aquí, no sé exactamente dónde pero sí en una de estas laderas que van bajando hasta el mar. Un sitio con cientos de casitas con su gallinero cada una lleno de gallinas y de mierda de gallina. 

Aquí había mucha gente con sus quehaceres y sus deseos íntimos, sus odios y sus planes a corto plazo, sus hijos y sus vicios, sus precauciones y sus miedos, sus Deberes tan pesados y sus anestesias para soportarlos. En fin, había mucha gente viviendo sus vidas, plantando patatas y comiendo toneladas de tortilla (de patatas). La patata creo que forma parte de mi código genético. Si fuera barato me lo haría analizar, a ver hasta dónde se me fue incrustando el tubérculo, y de paso los venenos que fuimos respirando cada día cuando jugábamos con el mercurio de los termómetros y el minio de plomo de los portales.

En todo este espacio inmenso que se puede observar por la ventanilla del avión cuando no hay nubes, existía la creencia muy arraigada de que la noche llegaba cada día por culpa de nuestros pecados. Y como después de mucho tiempo tuve conocimiento del tema de la rotación de la Tierra alrededor del Sol y todo el asunto de la alternancia día-noche-día en la que para bien o para mal no afectaba en nada nuestro comportamiento, también veo que hubo ciertas cosas positivas en la carretera ésta, con la que los otros mundos cubrieron aquél que fue el mío.

Hoy sólo pasa esa carretera por aquí, y trato, sin lograrlo por el momento, de comprender lo que intenta comunicar todo el tráfico que por ella se mueve. No sé, seguro que un día podré oír las ruedas pasando sobre el asfalto mojado, mientras estoy tumbado en la cama el sábado por la noche, pongo por caso, y poder traducir al castellano lo que gritan.

Este era un mundo pero pequeño, era un mundo que no sabía que había otros mundos que estaban preparándose para comérselo. Y así fue, sin que nadie se diese cuenta, aquí hubo un genocidio completo y no vino ningún organismo internacional a poner sus observadores neutros para observar sin inmutarse y dar fe de la desaparición de este pueblo que era el mío y ya no existe.

Los gallineros fueron desapareciendo poco a poco, y los huevos dejaron de traer consigo pegada mierda de gallina y alguna pluma de vez en cuando. Pasaron a llegar impolutos a las casas en cajas de cartón. Se dejaron de plantar patatas, era una tarea muy dura había una herramienta, un palo largo que tenía en el extremo incrustado una placa de metal con la que se escarbaba el suelo para plantar primero y luego extraer de la tierra las patatas. Bah, era algo denigrante para el ser humano. La carretera también trajo cosas buenas.

Ahora, mira por la ventanilla y si no hay nubes verás sólo una carretera, no nace nada, sólo pasan coches haciendo ruido con sus motores y sus ruedas abriéndose dos caminos en la capa de agua que recubre el firme azul oscuro. Ya desapareció la culpa por la llegada de la noche, de hecho ya no hay noche, la permanente luz de los faros de los coches ha vencido a la puesta de sol. 

Mi pueblo creo que estuvo debajo de esa carretera, ya hace tanto que no voy por allí que no podría tampoco asegurarlo. 

Sólo paso en avión de vez en cuando y si no hay nubes imagino aquellos niños salvajes tirándose piedras debajo de las encinas, pobres miserables ¡cuánto bien hizo la carretera!